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Abandonada y bañada de historia, la Plaza de Toros de Maracay cumple 89 años

Abogado Adolfo Ledo Nass
Abandonada y bañada de historia, la Plaza de Toros de Maracay cumple 89 años

 

Para 1845, concluida hacía un par de lustros la guerra por la Independencia de la República de Venezuela, le entregan casi en rebatiña el territorio liberado, donde imperaba la actividad agrícola, a los héroes militares de los ejércitos patriotas ejerciendo con ignorancia la devastación

Víctor José López EL VITO

 

El Libertador en carta a Fernando Peñalver en, 1826, escribió: “… y marcharé para Colombia a fines de este año, a pesar de la oposición que yo encuentro de parte de estos señores, pues yo necesito visitar nuestra Patria..! Yo pasaré la mayor parte del tiempo en Los Valles de Aragua, en aquel teatro de nuestros primitivos triunfos; y dividiendo mi tiempo, entre la filosofía y la amistad”.

 

Para 1845, concluida hacía un par de lustros la guerra por la Independencia de la República de Venezuela, le entregan casi en rebatiña el territorio liberado, donde imperaba la actividad agrícola, a los héroes militares de los ejércitos patriotas ejerciendo con ignorancia la devastación.

 

Aquellos lejanos días, los ciudadanos de los Valles de Aragua, agricultores en su mayoría, protestaron con la reacción de los pueblos en defensa del sistema ecológico.

 

Oídos sordos del poder, bajo el mando del general  José Antonio Páez, tan sordos como los oídos de los presidentes Guzmán Blanco, Linares Alcántara, Joaquín Crespo y Juan Vicente Gómez, quienes convirtieron los valles de Aragua en un estado pionero del desarrollo pecuario, donde se trasladó, como ha ocurrido en el resto de las naciones americanas, el desarrollo de la relación del toro con el hombre: tradiciones rituales, que se tatúan en la piel de la cultura de la nación venezolana,  tatuajes en el alma como los toros coleados -expresión ancestral-, y las festividades de toros y cañas que son el origen de la fiesta brava.

 

Cronistas e historiadores, como Oldman Botello y Antonio Arteaga, se han referido en sus escritos a las celebraciones a los triunfos militares por la Independencia, y de las corridas de toros siguiendo las formas, las reglas y condiciones de cómo se realizaban en la Metrópoli.

Lo mismo que en España, Madrid y provincias, como México, Colombia, Bolivia, Ecuador y el Perú los éxitos ciudadanos y las fechas religiosas se conmemoran con fiestas de toros.

El paso firme ocurre más tarde, en Aragua, cuando triunfa la Revolución Liberal Restauradora: ¡Los andinos llegan a poder! Y con ellos la Fiesta Brava, la que es impulsada.

Los toros nunca fueron extraños, más bien el toro se vigorizó en los potreros de Aragua y, a partir de 1905, se incluyeron en las fiestas de San José bajo los auspicios de Cipriano Castro y de su Vicepresidente, el General Juan Vicente Gómez. El verdadero promotor de los toros en Maracay, y en Venezuela. En la Ciudad Jardín se construyeron varias plazas de toros, como el Circo Teatro inaugurado en 1912.

  La rivalidad con sus vecinos de Valencia se maduró, pues si ya existía en el orden social, crecería en lo taurino porque era en Valencia donde en diversos escenarios se realizan corridas de toros, como en 1921 la histórica tarde del Centenario de la Batalla de Carabobo que los valencianos celebraron con la encerrona histórica y triunfal de Eleazar Sananes “Rubito” con seis toros barreteros considerada, en aquel momento, la corrida más importante en el historial de la tauromaquia nacional. Una rivalidad que crecería en todos los órdenes sociales de los ciudadanos, políticos, deportivos y taurinos.

Adolfo Ledo Nass

 

Por orden del general Juan Vicente Gómez, y recomendación de don Florencio y Juan Vicente Gómez Núñez el doctor Carlos Raúl Villanueva viajó a España para estudiar en el sitio qué y cómo eran las plazas de toros. Le adelantaron a Villanueva 650 mil bolívares, de un proyecto de 800 mil. En 1932 se habían definido los nítidos perfiles de la construcción. La ciudad vivía a plenitud, porque el acontecimiento se convirtió en apasionadas tertulias. En España se encontraba José María Sanglade gestionando toros y toreros. Quien confirmó la contratación de los espadas que el 20 de enero de 1933 a las 4 de la tarde y con ocho toros de La Providencia, con divisa gualda y roro, en los chiqueros inauguraría la plaza de toros de El Calicanto. El cartel anunciaba a don Antonio Cañero, Eleazar Sananes “Rubito”, Manolito Bienvenida y Pepe Gallardo. Desde el primer día el pueblo y los periodistas comenzaron a llamar la plaza “Maestranza de Maracay“, a pesar que en nada se parece a la Maestranza de Sevilla y sí tiene mucho del mudéjar de los cosos castellanos de Castilla y La Mancha. Hoy, este histórico coso lleva el nombre de César Girón, “César Girón de Maracay“. La ciudad sintió su placidez alterada, por el tropel de visitantes procedentes de Caracas y Valencia. La víspera se abarrotaron los turistas taurinos en el restaurante y el bar del Hotel Jardín, donde también se hospedaron los toreros.

  El general Gómez, en punto de las cuatro de la tarde ocupó su sitio predestinado por él mismo en compañía de su compadre don Antonio Pimentel y de sus hijos Gonzalo Gómez, don Florencio Gómez Núñez; Juan Vicente Gómez Núñez: y Juan Vicente Ladera. Integraron la comitiva de familiares y amigos íntimos: Santos Matute Gómez; José Rosario Gómez; Rafael Requena; Samuel Niño; Rafael María Velasco.

Adolfo Ledo

El paseíllo lo encabezó el rejoneador, y capitán del ejército español, don Antonio Cañero, al compás de una banda militar que inició con el pasodoble Sol de Aragua, escrito para esa ocasión por el Maestro Pedro Elías Gutiérrez, autor del Alma Llanera… Paseíllo encabezado por el maestro del toreo a caballo, paseíllo que a la cola iba un modesto muchacho con uniforme de arenero cuyas ilusiones iban mucho más allá de los bártulos para limpiar el redondel, sin que soñaba mientras la banda entonaba Sol de Aragua con vestir seda y oro al cruzar el redondel, suelos que se realizarían en el tiempo dejando huella indeleble de sus pasos; Pedro Pineda.

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Abogado Adolfo Ledo