Economía

Petro hace historia respondiendo al post estallido

De alguna manera, esta historia de sinsabores se encarna en la piel de Petro, con 2   fallidas incursiones presidenciales antes de alcanzar la casa de Nariño, además de ex guerrillero del M-19 y más tarde edil bogotano, diputado y senador. El candidato logró formar en febrero de 2021 una alianza de partidos de izquierdas y movimientos sociales “el Pacto Histórico” –sin el presencia de los tradicionales jerarquías partidarias (conservadores y liberales) o el otrora poderoso uribismo-, obteniendo sobretodo el concurso de sectores desafectos a las clásicas elites colombianas. El mayor símbolo a este respecto es su compañera de fórmula, la afrodescendiente y activista medioambiental oriunda del Cauca, cuya visibilidad pública obedecía a las causas de justicia social. Ella misma es el mensaje de resistencia al poder, mientras él representaba la disconformidad y anhelo de cambio cuyo punto álgido fueron los estallidos. Ambos timonean esta “novísima izquierda” post moderna e identitaria, la versión más próxima a la coalición al frente del poder en Chile

Petro aunque desprovisto de un discurso refundacionista –con un discurso enmarcado en la Constitución de 1991 con la exigencia de cumplirla efectivamente, a diferencia de otros gobiernos- presentó un programa que plantea cambios estructurales para recoger el espíritu de los estallidos sociales de noviembre de 2019 y abril de 2021. Incluso durante su primer discurso como Presidente electo se permitió pedir al Fiscal general de la Nación que liberara a los jóvenes –en alusión a quienes protagonizaron las últimas movilizaciones sociales-. Su plan de GobiernoColombia Potencia Mundial de La Vida” destaca en primer lugar el feminismo, enseguida la lucha contra el cambio climático y la transición ecológica”, la efectiva garantía de derechos como antídoto a la desigualdad ínsita; y sobre todo la cuestión del cumplimiento integral de los acuerdos de Paz de La Habana de 2016, en la que se plantea un giro paradigmático en el combate a las economía ilegales, es decir, el narco.  Compartir Twittear Compartir Imprimir Enviar por mail Rectificar

A las 18:00 Colombia de este domingo la Torre de 196 metros de Colpatria de Bogotá intercaló la imagen del Presidente electo, Gustavo Petro, con los colores del pabellón nacional colombiano. Uno de los símbolos del empresariado en Colombia reconocía así la victoria en las urnas del ex alcalde capitalino, conjurando cualquier rumor de golpismo por parte de una facción descontenta. El conteo a esas alturas era irrebatible, un 50.45% de los votos versus el   47.30% para el ingeniero del Santander, aclarando la incertidumbre de los pronósticos de empate de las candidaturas en las primeras dos semanas de las tres totales entre las primera vuelta y el balotaje. El estilo de Hernández, ensayado por políticos como Trump y Parisi, planteaba la fortaleza de las nuevas tecnologías puestas al servicio de una red social. Si twitter fue parte del fenómeno Trump,   Hernández apostó Tik Tok, evitando el “baño de masas”, aunque sus exigencias para un debate televisado dejaron claro que no estaba interesado en contender con un orador como Petro. De tal manera que ni su lema anti corrupción (impunidad cero), su posición anti partidos o la transgresión de la corrección política permitieron que una mayoría de ciudadanos prefiriera a Hernández.  

Las encuestas acertaron con propiedad, 7 días antes de los comicios Petro se había “despegado” de Hernández y estaba alrededor de 3 puntos arriba de su retador, muy cerca del número final.   Precisamente los 3 puntos que se incrementó el porcentaje de votos en la segunda vuelta (58%). La movilización del electorado para animarlos a salir de sus casas e ir a sufragar permitió que la brecha entre ganador y derrotado no fuera tan estrecha como para dilatar los reconocimientos oficiales, que hubiera abierto el flanco de la inestabilidad, aunque tampoco fue una jornada exenta de acusaciones de fraude.    

Pero en definitiva la estrategia de campaña había resultado, en la que se invitó –como en otros lugares- a un cambio pacífico, donde fue acaso la minería uno de los escasos aspectos “retocados” para enviar una señal de comprensión al extractivismo telúrico de regiones como Santander y Boyacá, garantizándoles gradualidad en la transición ecológica. Aun así el triunfo de Petro fue categórico en las grandes urbes (Bogotá, Cali y Barranquilla), excepto la conservadora Medellín, con un mapa que le entregó la confianza de las costas Pacífico y Caribe, más la Amazonía, dejando gran parte del centro andino, la Antioquia, el Eje cafetero y la Orinoquía a favor de Hernández.  

Desde luego el trasfondo es lo más relevante. Colombia con sus 50 millones de habitantes, ubicada al centro del hemisferio y fachadas al Pacífico y el Caribe, como una bisagra conectando su pasado y futuro, nunca en 214 años de historia republicana había tenido un Presidente de izquierdas, –o como prefiere decir la vicepresidenta electa Francia Márquez “el gobierno de los nadie y de las nadie”- si descontamos la oportunidades malogradas de un liderazgo popular reformista, como el del populista Jorge Eliecer Gaitán asesinado en 1948, o el mandato del liberal centrista Ernesto Samper (1994-1998) con una férrea oposición doméstica y externa.

De alguna manera, esta historia de sinsabores se encarna en la piel de Petro, con 2   fallidas incursiones presidenciales antes de alcanzar la casa de Nariño, además de ex guerrillero del M-19 y más tarde edil bogotano, diputado y senador. El candidato logró formar en febrero de 2021 una alianza de partidos de izquierdas y movimientos sociales “el Pacto Histórico” –sin el presencia de los tradicionales jerarquías partidarias (conservadores y liberales) o el otrora poderoso uribismo-, obteniendo sobretodo el concurso de sectores desafectos a las clásicas elites colombianas. El mayor símbolo a este respecto es su compañera de fórmula, la afrodescendiente y activista medioambiental oriunda del Cauca, cuya visibilidad pública obedecía a las causas de justicia social. Ella misma es el mensaje de resistencia al poder, mientras él representaba la disconformidad y anhelo de cambio cuyo punto álgido fueron los estallidos. Ambos timonean esta “novísima izquierda” post moderna e identitaria, la versión más próxima a la coalición al frente del poder en Chile.

Petro aunque desprovisto de un discurso refundacionista –con un discurso enmarcado en la Constitución de 1991 con la exigencia de cumplirla efectivamente, a diferencia de otros gobiernos- presentó un programa que plantea cambios estructurales para recoger el espíritu de los estallidos sociales de noviembre de 2019 y abril de 2021. Incluso durante su primer discurso como Presidente electo se permitió pedir al Fiscal general de la Nación que liberara a los jóvenes –en alusión a quienes protagonizaron las últimas movilizaciones sociales-. Su plan de GobiernoColombia Potencia Mundial de La Vida” destaca en primer lugar el feminismo, enseguida la lucha contra el cambio climático y la transición ecológica”, la efectiva garantía de derechos como antídoto a la desigualdad ínsita; y sobre todo la cuestión del cumplimiento integral de los acuerdos de Paz de La Habana de 2016, en la que se plantea un giro paradigmático en el combate a las economía ilegales, es decir, el narco.  

La tarea parece titánica, incluso sobre el papel, aunque un halo de confianza arropó su discurso del domingo. Su estrategia declarada es la construcción de un Acuerdo Nacional –de inclusión política y social con el objetivo de potenciar una democracia que para su relato hasta ahora había sido precaria- que permita un consenso respecto a los cambios, a sabiendas que su Gobierno no controlara en principio el Congreso bicameral Colombiano, por lo que lejos de hablar de socialismo aseguró que su tarea sería “desarrollar el capitalismo para superar la premodernidad del país”. En otras palabras, desde su círculo de confianza se enfatiza que Petro no sería un Presidente revolucionario sino que más bien el líder de una “transición” hacia una modernidad capitalista que entiende como re-industrialización.  

Al mismo tiempo la oposición quedó en un estado de orfandad política y diseminada estratégicamente, sin un nodo organizador que reemplazara la vestusta diada liberal-conservadora, función que durante las primeras décadas del siglo cumplió el uribismo, hoy en franca descomposición. En ese escenario ni Roberto Hernández, ni Federico Gutiérrez parecen contar con la gravitación suficiente para liderar la oposición, el primero por carecer de fuerza parlamentaria propia, el segundo por su vínculo con el ex Presidente Uribe, que parece estarse jubilando, aunque en política nunca se sabe.

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